Corría la década de los 90 cuando en las portadas de los libros de texto gratuitos se podían observar algunas de las obras más representativas de la pintura mexicana. Una de éstas obras fue La ofrenda, de Saturnino Herrán (1887-1818), que lucia el libro de lecturas del quinto grado de primaria, y que de alguna forma instruiría a una generación.

La mexicanidad o lo mexicano es un concepto que se fue comprendiendo con el paso del tiempo, si bien, por un lado los mexicanos tenemos una herencia prehispánica por otro, no podemos negar las reminiscencias que nos dejó La Conquista y posteriormente La Colonia.

El pintor mexicano Saturnino Herrán trabajó en la búsqueda de lo mexicano, sin embargo, fue una exploración más allá de los estereotipos pintorescos o heroicos. Herrán le dio cabida a la gente común, a la cotidianidad y a la representación del trabajo.

La ofrenda (1913) es la escena de unos indígenas que viajan en una trajinera. En primer plano está una madre de espaldas con su bebé, de lado derecho una niña de rostro taciturno, incluso lúgubre, tiene fijada su mirada al frente, podría pensarse que en el espectador, de esta forma el pintor entabla una comunicación. En el centro de la pieza se observa a un par de hombres cargando flores, atrás otro varón abatido y el extremo el trajinero.

El cempasúchil delata la festividad de Día de muertos, como una especie de vaticinio llevan la carga de su simbolismo. ¿Acaso no se dirigen directo por el camino de la muerte?

Los colores que utiliza Herrán, verdes, grises, cafés, azules, ocres, tienden a vislumbrar un sentido de desolación, donde el calzón de manta blancuzca del campesino en el centro es el punto vibrante. La obra de gran formato es una búsqueda de lo mexicano, donde no imperan los lugares comunes. La trajinera, sus tripulantes y el cargamento ocupan casi todo el espacio del cuadro, mientras al fondo apenas se ve en el camino del agua turbulenta otras trajineras, y más allá un cerro lejano.

Esta obra realizada en los primeros años del estallido de la Revolución vislumbra el ánimo del México que apenas busca en su juventud su propio camino. En La ofrenda se observa el desencanto, la melancolía y al mismo tiempo cierta resignación y aguante ante los momentos que atraviesa el país y sin embargo, Saturnino Herrán nunca tuvo un pronunciamiento claro sobre su ideología política.

En la técnica del pintor hidrocálido se puede ver la influencia de sus maestros de la Academia de Bellas Artes, Antonio Fabrés y Germán Gedovius, es decir, en él cohabitaban el realismo de la academia y el modernismo de pintores como el español Ignacio Zuloaga.

Si bien, se puede observar en esta obra una pincelada suelta, al mismo tiempo no deja de lado los trazos dibujados que precisan las formas, sobre todo en los rostros de sus protagonistas.

Asimismo el paisaje queda en segundo plano, lo que al artista le interesa resaltar son las expresiones de sus personajes, construir una historia en el espectador, a partir de lo que vemos en su mirada y actitud, esto se deduce debido a que abarcan casi todo el espacio compositivo, el paisaje entonces funge como una mera escenografía.

Saturnino Herrán murió a los 31 años, cuando su técnica estaba madurando sin embargo, ya sea como simbolista o modernista, había encontrado una narrativa propia en la que navegaba confiado en los temas mexicanos, a partir del mestizaje con lecturas complejas que permanecen hasta nuestro días.

Los niños que fueron a la primaria en los 90 tuvieron tal vez, un primer acercamiento a la pintura mexicana a través de los libros de texto, estrategia o no de aquel PRI que dominaba en ese tiempo, no puedo negar, al menos en mi experiencia, que aquellas miradas que habitaban en La ofrenda causaban cierta consternación y curiosidad por aquella familia campesina que viajaba entre el naranja del cempaxúchitl.

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